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         ISSN 2792-5110

HABLA DE ARTE®

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Verano en Timoka

Iván Hernández Montero

En el dormitorio común olores transpirados mezclándose se acumulan, emborronan el aire y Anita Berlín solo piensa en escaparse hasta el mar. Su ardor en el deseo de sumergirse entera y dejarse sanar por la sal, consciente de que las heridas dolerán.


Dibujo de Iván Hernández Montero, 2020


Anita Berlín posee la consistencia de una estrella vieja, desgastada

por el viaje larguísimo de las noches de trabajo, aguantando.

Dormir de día no es lo mismo, su cuerpo no descansa igual.

Pero ahora la noche es para los demás, ya no le pertenecen

ni las noches ni las sábanas ni los licores tomados. Desposeída,

y además con la sensación de estar luchando contra algo

que está más allá de sí misma, no la permite abandonarse del todo.


Compañeras son solo algunas, las menos, cordiales, insinceras.

Hasta que pasa algo grave, o hay que rebelarse. Entonces sí

son una sola voz. Pero de normal, cada una a lo suyo. Ni laca.

Como si hablasen distintas lenguas, incomunicadas entre sí,

se gruñen, se chocan en las duchas, muchos gestos obscenos

aprendidos a lo largo de los años, vigentes aún para ofenderse,

desprestigiarse. Las que se aman lo hacen a la vista, fuman con ansia

y se abalanzan, tienen orgasmos en cualquier lado. Apenas gritan


Las tardes de siesta eternas bajo el calor, dentro del calor mismo.

En el dormitorio común olores transpirados mezclándose se acumulan

emborronan el aire y Anita Berlín solo piensa en escaparse hasta el mar.

Su ardor en el deseo de sumergirse entera y dejarse sanar por la sal,

consciente de que las heridas dolerán. Ella también sabe arañar.

En las literas las otras ensueñan, cada una con sus lamentos:

la que llama a su hija pequeña, la que murmulla en polaco

quizá también llamando a su hija, o a su madre, o a su gata,

la que se caga en el patrón, esa no sueña, la Lorenza siempre maquina.

El motor de los ventiladores. Las trampas para moscas. Zumbidos.


Ella vuelve a su mar, a su color azul, a su horizontalidad simple,

no hay nada más que una línea, es el descanso en el mirar.

Ella en las playas de Tarifa dejándose borrar la silueta con el viento

cuya fuerza arrastra la arena y golpea todas las capas de su piel tocada,

exfoliada por el huracán hasta que cada poro sea nuevo, sin mácula,

toda la piel recién nacida. Granitos en el pelo enredados sin remedio

en su centro de gravedad, acompañan los rizos, besándolos.

La textura del aire en la boca el salitre azotado, se lame

con la lengua un labio, luego un brazo, una rodilla. La cicatriz.

Muchos molinos giran a toda velocidad. Casi despegan.


Se ve allí, se sabe allí, en algún momento llegará, cruzará el país

sudado en autocares o camiones. Es el lugar perfecto para poder renacer.

Primero borrarse. Segundo sumergirse en sal. Tercero deslumbrar.

Anita Berlín, el meteoro antes de estrellarse brilla más fuerte.

“Qué va, cielo, yo nunca he pisado Alemania. Yo soy del sur.”

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